Ésta es la historia de un rebelde varón de
corta edad a quien, antes de su altercado con el azar, todo el mundo llamaba
Dubên.
El niño no pasaba
un solo día sin cometer alguna trastada, y sus progenitores estaban más que
hartos de sus travesuras:
- ¡Dubên, recoge los telares!
- ¡Dubên, a tu cuarto!
- ¡Dubên! ¡Dubên! ¡Dubêêêêên!
Pese a las
regañinas, no había manera de enderezar al chiquillo. Llegado el buen tiempo y
con el propósito de evitarse disgustos, los padres del joven tomaron la
determinación de castigarle sin salir, cerrando con llave la verja exterior de
la finca en la que vivían.
Una calurosa tarde
de estío el pequeño volvió a hacer de las suyas, esta vez en el jardín. Había
estado jugando al fútbol él solo, ya que estaba aislado en el perímetro
del inmueble. Como portería tomó las dos grandes tomateras que su padre
cuidaba con tanto ahínco, con tan mala suerte que, al final de la jornada, las zabarceras
temblaban desnudas mientras que los tomates, arrugados por los
golpes, tragaban la tierra del huerto.
Cuando Dubên llamó
al timbre para recogerse, su padre, que se olía una nueva fechoría, observó por la cristalera del hall. Pese a
que ya había anochecido, pudo divisar el desastre. Borracho de ira, se negó a
abrirle la puerta, obligando a su hijo a pasar la noche en el jardín.
Dubên murmuraba
blasfemias mientras pataleaba. Finalmente, ante el aburrimiento, se tumbó sobre
unos helechos y miró las estrellas. Por un momento olvidó todo lo sucedido y
sintió una paz muy profunda.
Los pájaros
parecían piar cada vez más fuerte y los rayos del sol actuaban como dos pinzas
expertas en abrir los párpados móviles. El joven se sorprendió rascándose el
brazo antes de tomar consciencia de que había pasado la noche en el jardín y
por fin había despertado. Observó el foco del picor y se sobresaltó. Para
cerciorarse de que lo que veía no era ficción, comparó sus extremidades: en
efecto, su brazo izquierdo se había inflado ampulosamente, y la sensación de prurito
se entremezclaba con un dolor agudo.
Dubên se rascaba una y otra vez, y la
hinchazón iba tomando forma de zepelín. La fricción de sus uñas contra su brazo
tenía el mismo efecto que una bomba de aire en contacto con la boquilla de un
balón de playa. La protuberancia engordaba a la velocidad de la luz, y su dueño
no hacía nada por remediarlo. Terminado el castigo, Dubên había pasado a ser un
bulto enorme y rojizo. Los demás niños le apodaron Niño Grano. Le trataban como
si estuviera infectado, se burlaban de él a sus espaldas y huían cuando estaba
presente. La autoestima del chaval, que ya estaba muy baja a causa de la extraña
enfermedad, terminó de decaer.
A pesar de haber sido indultado por sus
predecesores, ya casi no salía de casa. Hasta que un día apareció la bonita Tracy
curioseando por la verja del jardín, y lo vio tan infladito que se acordó de su
perrita embarazada. Tracy le pidió que
saliera a jugar. Entonces él, feliz por haber encontrado a alguien que no mostraba
síntomas de asco ante su presencia, salió a la calle. Tracy corrió a abrazar a
Niño Grano tal y como hacía con su perra, y entonces… Lo esplotó.
Dubên murió. Pero acto seguido, el pus se filtró por la piel de la niña y el chiquillo se reencarnó en una
parte de Tracy, quien fue inflándose hasta convertirse en la nueva Niña Grano.
Ella, asustada y vanidosa, no podía permitirse vivir con aquello en el cuerpo. Sin pensarlo, trató de explotarse la magistral abolladura. Lo consiguió, pero en el momento en el que la viscosa secreción comenzó a supurar por el forúnculo, los Dubênes se multiplicaron por todo su cuerpo, convirtiéndola en una verdadera repugnancia de
mujer.
Y esta es la razón por la que no hay que
explotarse las espinillas. La maldición de Dubên está presente en cada poro de
tu piel, y no dudará en transformarte en el próximo Niño Grano si te excedes
con tus travesuras.
***
FIN
"Le trataban como si estuviera infectado"
ResponderEliminarY cómo estaba entonces,¿sanote y lozano, de buen año? ¬¬
No dejaba de ser un grano enorme, no sé hasta qué punto se trataría de una infección... ¡Los médicos no sabían que dictaminar! El caso es que el chico sufría mucho, física y psicológicamente. No te explotes las espinillas si no quieres acabar igual.
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