domingo, 5 de agosto de 2012

Dubên, el Niño Grano


Ésta es la historia de un rebelde varón de corta edad a quien, antes de su altercado con el azar, todo el mundo llamaba Dubên.

El niño no pasaba un solo día sin cometer alguna trastada, y sus progenitores estaban más que hartos de sus travesuras:

- ¡Dubên, recoge los telares!
- ¡Dubên, a tu cuarto! 
- ¡Dubên! ¡Dubên! ¡Dubêêêêên!

Pese a las regañinas, no había manera de enderezar al chiquillo. Llegado el buen tiempo y con el propósito de evitarse disgustos, los padres del joven tomaron la determinación de castigarle sin salir, cerrando con llave la verja exterior de la finca en la que vivían.


Una calurosa tarde de estío el pequeño volvió a hacer de las suyas, esta vez en el jardín. Había estado jugando al fútbol él solo, ya que estaba aislado en el perímetro del inmueble. Como portería tomó las dos grandes tomateras que su padre cuidaba con tanto ahínco, con tan mala suerte que, al final de la jornada, las zabarceras temblaban desnudas mientras que los tomates, arrugados por los golpes, tragaban la tierra del huerto.

Cuando Dubên llamó al timbre para recogerse, su padre, que se olía una nueva fechoría, observó por la cristalera del hall. Pese a que ya había anochecido, pudo divisar el desastre. Borracho de ira, se negó a abrirle la puerta, obligando a su hijo a pasar la noche en el jardín.

Dubên murmuraba blasfemias mientras pataleaba. Finalmente, ante el aburrimiento, se tumbó sobre unos helechos y miró las estrellas. Por un momento olvidó todo lo sucedido y sintió una paz muy profunda.



Los pájaros parecían piar cada vez más fuerte y los rayos del sol actuaban como dos pinzas expertas en abrir los párpados móviles. El joven se sorprendió rascándose el brazo antes de tomar consciencia de que había pasado la noche en el jardín y por fin había despertado. Observó el foco del picor y se sobresaltó. Para cerciorarse de que lo que veía no era ficción, comparó sus extremidades: en efecto, su brazo izquierdo se había inflado ampulosamente, y la sensación de prurito se entremezclaba con un dolor agudo.

Dubên se rascaba una y otra vez, y la hinchazón iba tomando forma de zepelín. La fricción de sus uñas contra su brazo tenía el mismo efecto que una bomba de aire en contacto con la boquilla de un balón de playa. La protuberancia engordaba a la velocidad de la luz, y su dueño no hacía nada por remediarlo. Terminado el castigo, Dubên había pasado a ser un bulto enorme y rojizo. Los demás niños le apodaron Niño Grano. Le trataban como si estuviera infectado, se burlaban de él a sus espaldas y huían cuando estaba presente. La autoestima del chaval, que ya estaba muy baja a causa de la extraña enfermedad, terminó de decaer.



A pesar de haber sido indultado por sus predecesores, ya casi no salía de casa. Hasta que un día apareció la bonita Tracy curioseando por la verja del jardín, y lo vio tan infladito que se acordó de su perrita embarazada. Tracy le pidió que saliera a jugar. Entonces él, feliz por haber encontrado a alguien que no mostraba síntomas de asco ante su presencia, salió a la calle. Tracy corrió a abrazar a Niño Grano tal y como hacía con su perra, y entonces… Lo esplotó.

Dubên murió. Pero acto seguido, el pus se filtró por la piel de la niña y el chiquillo se reencarnó en una parte de Tracy, quien fue inflándose hasta convertirse en la nueva Niña Grano. Ella, asustada y vanidosa, no podía permitirse vivir con aquello en el cuerpo. Sin pensarlo, trató de explotarse la magistral abolladura. Lo consiguió, pero en el momento en el que la viscosa secreción comenzó a supurar por el forúnculo, los Dubênes se multiplicaron por todo su cuerpo, convirtiéndola en una verdadera repugnancia de mujer.



Y esta es la razón por la que no hay que explotarse las espinillas. La maldición de Dubên está presente en cada poro de tu piel, y no dudará en transformarte en el próximo Niño Grano si te excedes con tus travesuras.

***

FIN

2 comentarios:

  1. "Le trataban como si estuviera infectado"

    Y cómo estaba entonces,¿sanote y lozano, de buen año? ¬¬

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  2. No dejaba de ser un grano enorme, no sé hasta qué punto se trataría de una infección... ¡Los médicos no sabían que dictaminar! El caso es que el chico sufría mucho, física y psicológicamente. No te explotes las espinillas si no quieres acabar igual.

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