Hoy me sabe la boca a todas las despedidas
del mundo.
Diría que es mi último día en la tierra pero,
aún en esta coordenada de la vida, recelo del camino fácil.
No sé si es justo ni si se veía venir, pero
eso no es algo que me importe.
Estoy tan de vuelta de todo, que el nudo que
enredaba la boca de mi estómago ha ido enmarañándose más y más. Trémula espero.
Se hace tan difícil respirar sin sufrir…
Hoy ha llovido pero no ha salido el arco
iris,
y no dejo de repetirme: “Con lo que tú y yo
hemos sido…”
Me siento ausente y vulnerable. Como un
gorrión a pie de asfalto. Como la nota desafinada de una melodía mediocre. Como
una habitación vacía, sin más compañía que el polvo, que va velándola más y más
hasta hacerla desaparecer del mundo de lo tangible.
No sé si comienza en mi pecho o si es allí
donde culmina después de recorrerme. La agonía es un orgasmo triste y eterno.
Podría tratar de tranquilizarme. Podría hacer
todo lo posible por evadirme, podría incluso animarme momentáneamente… Pero lo
único que deseo es abusar de este momento hasta que el dolor se desgaste.
Y apago el teléfono...
No estoy para nada más.
Llego un poco tarde, pero abusa de lo que sientes... Te pertenece solo a ti. No es mi deseo que no seas feliz pero tampoco lo es el imponerte una felicidad artificial.
ResponderEliminarCuando yo me he encontrado en una situación de impotencia y de no querer despertar, ni salir de la cama... Sencillamente no he tratado de sentirme bien. ¿Para qué? Si de todos modos este estado no dura para siempre... Y se aprende de él.