Algunos invitados habían salido ya de la habitación. Los que aún permanecían dentro, recogían sus cosas o murmuraban entre ellos. Yo tomé mis pertenencias y me dirigí hacia la puerta.
Tomé el pasillo a mano derecha y me dirigí hacia el fondo a un paso ágil, el que acostumbro a dar. Y al final del pasillo estaba él.
Debí conocerlo allí, hacía algunas semanas, pero nunca me había fijado. Supongo que no destacaba entre la multitud. Como aún desconozco su nombre, lo llamaré "Chico Silencioso".
Chico Silencioso era, además de callado, extremadamente tranquilo. Caminaba despacio, tanto que fácilmente mis pasos doblaban los suyos. Podría haberle adelantado, haber hecho el amago de ir a pasar, sugerir que se echara a un lado y hacerlo... Pero no lo hice.
Estaba muy sorprendida. ¡Chico Silencioso no tenía prisa! Y entonces caí en la cuenta: Yo tampoco la tenía.
Por inercia caminaba así de rápido, hasta que él se cruzó por mi camino. Su paso lento me había hecho reflexionar.
Bajamos las escaleras juntos. Era un segundo piso, y yo estaba detrás de él, casi pisándole los talones. Pero, a pesar de esto, el no aceleró su paso; simplemente se limitó a volver su cuello hacia a mi, y me miró unas décimas de segundo. Me dio tiempo a ver cómo apretaba sus labios. Como si quisiera decirme algo... Pero eso no sería propio de Chico Silencioso. Volvió a mirar al frente.
Quise ir a su ritmo sin pisarle, así que me vi obligada a desacelerar aún más. Me gustó ser, por una vez, la que cede. Quizá en otro momento me hubiera irritado que no me dejara pasar, pero tras percatarme de esa gran verdad, "no tengo prisa", me gustó su actitud. Me trasmitió serenidad y decisión.
Cuando terminaron las escaleras, estábamos en el bajo y nos dirigimos hacia la puerta. Estábamos tan cerca que parecía que íbamos juntos, que nos conocíamos tanto que no necesitábamos palabras absurdas porque el hielo ya estaba más que roto.
Por fin salimos del edificio. Él abrió la puerta y me dejó pasar, sin volverme la mirada. Yo musité un triste "gracias", y Chico Silencioso no dijo nada.
Nuestros caminos se separaban. Cuál fue mi sorpresa al ver que había venido en coche. ¡Chico silencioso iba en coche! ¿Sería en la carretera tan tranquilo como a pie?
No he vuelto a saber nada de él.
Dentro de una semana, volveré a verle por última vez.
Tampoco me importa.
Pensé que su silencio me había enseñado algo. Que había aprendido a tomarme la vida con calma, a disfrutar de esos pocos momentos en los que la prisa no existe... Pero no es cierto. En cuanto cambiamos de camino, aún pensando en él, volví a ir a mi paso rápido de siempre.