lunes, 19 de marzo de 2012

Chico Silencioso

Algunos invitados habían salido ya de la habitación. Los que aún permanecían dentro, recogían sus cosas o murmuraban entre ellos. Yo tomé mis pertenencias y me dirigí hacia la puerta.

Tomé el pasillo a mano derecha y me dirigí hacia el fondo a un paso ágil, el que acostumbro a dar. Y al final del pasillo estaba él.

Debí conocerlo allí, hacía algunas semanas, pero nunca me había fijado. Supongo que no destacaba entre la multitud. Como aún desconozco su nombre, lo llamaré "Chico Silencioso".

Chico Silencioso era, además de callado, extremadamente tranquilo. Caminaba despacio, tanto que fácilmente mis pasos doblaban los suyos. Podría haberle adelantado, haber hecho el amago de ir a pasar, sugerir que se echara a un lado y hacerlo... Pero no lo hice.

Estaba muy sorprendida. ¡Chico Silencioso no tenía prisa! Y entonces caí en la cuenta: Yo tampoco la tenía.
Por inercia caminaba así de rápido, hasta que él se cruzó por mi camino. Su paso lento me había hecho reflexionar.

Bajamos las escaleras juntos. Era un segundo piso, y yo estaba detrás de él, casi pisándole los talones. Pero, a pesar de esto, el no aceleró su paso; simplemente se limitó a volver su cuello hacia a mi, y me miró unas décimas de segundo. Me dio tiempo a ver cómo apretaba sus labios. Como si quisiera decirme algo... Pero eso no sería propio de Chico Silencioso. Volvió a mirar al frente.

Quise ir a su ritmo sin pisarle, así que me vi obligada a desacelerar aún más. Me gustó ser, por una vez, la que cede. Quizá en otro momento me hubiera irritado que no me dejara pasar, pero tras percatarme de esa gran verdad, "no tengo prisa", me gustó su actitud. Me trasmitió serenidad y decisión.

Cuando terminaron las escaleras, estábamos en el bajo y nos dirigimos hacia la puerta. Estábamos tan cerca que parecía que íbamos juntos, que nos conocíamos tanto que no necesitábamos palabras absurdas porque el hielo ya estaba más que roto.

Por fin salimos del edificio. Él abrió la puerta y me dejó pasar, sin volverme la mirada. Yo musité un triste "gracias", y Chico Silencioso no dijo nada.

Nuestros caminos se separaban. Cuál fue mi sorpresa al ver que había venido en coche. ¡Chico silencioso iba en coche! ¿Sería en la carretera tan tranquilo como a pie?

No he vuelto a saber nada de él.
Dentro de una semana, volveré a verle por última vez.
Tampoco me importa.

Pensé que su silencio me había enseñado algo. Que había aprendido a tomarme la vida con calma, a disfrutar de esos pocos momentos en los que la prisa no existe... Pero no es cierto. En cuanto cambiamos de camino, aún pensando en él, volví a ir a mi paso rápido de siempre.

domingo, 11 de marzo de 2012

La esencia, [Oh la lá!]

Hay un libro llamado "2002 cosas para hacer en pareja".
También podría llamarse "2002 cosas por las que deprimirte si no tienes pareja", pero supongo que hay que ser positivos hasta en los títulos de esta clase de bodrios.

No es de esto de lo que voy hablar, pero me ha apetecido soltarlo a modo de perla introductoria.


Hoy voy a escribir sobre algo tan volátil y etéreo como "la esencia"(Oh la lá!), esa vaporosa sustancia que envuelve todos y cada uno de los ingredientes del universo.
En concreto voy a hablar del carácter de la esencia individual, entendiendo como tal al que alude a cada persona, es decir, de ese exclusivo aroma que nos diferencia del resto. Ese distintivo carácter que hace que nos enamoremos de una persona y no de otra.

Nada mejor que comenzar por hablar de mis piños -valga la vulgaridad del término para dar al texto un matiz más coloquial.-

El lunes pasado me junté los dientes. Toda la vida he tenido las paletas separadas por un pequeño frenillo (como Madonna), algo que en odontología recibe el término 'diastema'. Ahora se ha puesto de moda -yo creo que por el boom de Bob Esponja- pero el caso es que, después de verme toda la vida con ellos así, me he decidido a juntármelos y tener una sonrisa 'corriente'.

Gran parte de mis conocidos me han hecho comentarios del estilo de "Ya no eres tú", "Te quedan muy bien, pero antes tenías un no se qué que me gustaba más" "Ahora eres una persona normal", "¿Porqué te los has juntado? era tu seña de identidad" etc.

A mi me gustan así, que es lo importante. La cosa es que algunos comentarios hacen referencia a esa pérdida de esencia de la que hablaba antes. Y... ¡Yo opino todo lo contrario! Es mirarme en el espejo y tener la impresión de que aún siguen separados. Y no solo es la costumbre... ¡Es que mi sonrisa es así! Que tiene un algo que sigue igual, al fin y al cabo, una sonrisa es mucho más que dientes.

Por ello, me he dado cuenta de que a veces nos acomplejamos por tonterías. Nos cambiamos de pelo, de vestimenta, e incluso de dientes. Pero seguimos siendo los mismos y eso no cambia... Yo sigo sonriendo igual. La belleza de una sonrisa no radica en sus proporciones, ni en su geometría.. Sino en la sinceridad con la que esboza. Y digo esto recordando las falsas gesticulaciones de risitas que adoptan algunas personas en las fotos. Personas con unos dientes perfectos, pero con una sonrisa detestable.

Sabéis esos casos de mujeres bellas que, de tanto operarse, han cambiado su belleza por un artificial intento de perfección? Esos extraños pactos en los que el diablo, en forma de bisturí, les ha robado el alma, la belleza y la cartera a cambio de la sectaria creencia de que sus encantos se verán multiplicados hasta ser idolatradas por la sociedad.

¡Qué vergüenza! podéis pensar. Pero ¿cuántos de nosotros hemos sucumbido a la moda, al maquillaje, a los nocivos tintes, a los dolorosos tacones, a caros tratamientos de belleza y hemos empleado tiempo y sudor para vernos radiantes?

El otro día hablaba de nuestra perfección personal. Está muy bien tratar de alcanzarla, pero siempre hay que hacer una breve operación matemática para averiguar si el resultado nos compensa o no. Una regla se tres que determine si los resultados (mejoría física y estética) son superiores al coste (esfuerzo, dinero, riesgos), y en ese caso, seguir adelante.

Pero hay veces que el poder de un complejo supera cualquier tipo de costes.
Hay gente sin complejos y complejos con gente.

Lo que buscaban estas princesas de la cirugía, era cambiar de esencia. Pero cuanto más tiempo pasaban en el quirófano, más grandes se hacían sus complejos, y más se pudría su aroma de distinción.
Aún no hay operaciones de esencia. Puedes cambiar completamente de físico, que la esencia solo se altera desde el interior.

Cuántas veces hemos cometido una pequeña locura estética y lo que necesitábamos era un cambio en nuestro interior. Yo misma, hace años, cada vez que quería cambiar algo de mi vida o tenía algo pendiente por pulir, me hacía un piercing o un nuevo pendiente en la oreja. En total he llegado a tener 14 agujeros artificiales, de los cuales solo conservo 4 (los dos agujeros de las orejas que nos hacen a las niñas de bebés, otro más arriba en la oreja izquierda, y el del ombligo). La razón de tanto agujero? No sólo estética, también era algo trascendental, la ridícula creencia de que cambiando algo desde fuera cambian las cosas dentro.

Si necesitas un cambio, olvida tu exterior. Empieza por quitarte los complejos. Evolucionar va de dentro a fuera, como ocurre en todo buen movimiento ideológico.

Y sí, por supuesto, cuida tu físico y explótalo al máximo. No hay porqué confundir los términos.

Un problema común en los niños es la autoafirmación. Infantes que no comprenden su existencia y no tienen la seguridad de que son, de que existen. Aceptarse es madurar, pero madurar no siempre equivale a envejecer. Acéptate. Podría tratar de convencerte escribiendo un libro llamado "2002 razones por las que aceptarse", pero ya he dicho que no congenio con esa clase de bazofias.
Aún así, me lo pensaré y no diré "de este agua no beberé", que de algo hay que vivir.