A veces
me sorprendo escondiéndome dinero a mi misma. Intento dejar la mente en blanco
por unos segundos y, si el resultado es óptimo, para cuando vuelvo en mí no
tengo conciencia de lo acontecido. Es una técnica que, a base de entrenarla, va
sumando efectividad; no obstante requiere muchos años de experiencia.
He
perdido varias tarjetas de crédito así, aunque ahora he descubierto que empleo
menos energía en olvidar la contraseña.
Así es,
me hago trampas para ahorrar.
Pero últimamente,
con las vacas flacas mugiendo de hambre en mi oreja, ando bastante avispada (o
avacada) con el tema monetario y estos truquillos ya no me funcionan, -o al
menos con el dinero que tengo en casa, ya que he perdido la tarjeta otra vez.-
Y aquí
llega lo peor:
Tengo
una lista de morosos con mi nombre.
Me
explico:
Tengo dos “huchas”, una es la de ahorrar y otra la de gastar -si lees “huchas”
es porque no guardo el dinero en algo tan obvio como tal, no me gustan las
obviedades.-
En la de ahorrar, guardo el dinero para utilizarlo como colchón
económico. Esto implica no gastarse el dinero en caprichos pasajeros, como
comprar ropa, sino en reservarlo para un evento especial, como un regalo
especial o un viaje.
La otra “hucha”, la de gastar, si que abarca ciertos
antojos, pero en estos momentos está en números rojos.
Entonces
yo, que soy o muy picarona o muy retraca (derechos de la palabra “retraca”
cedidos por Rubén Maldonado) hago lo siguiente:
Sustraigo dinero de mi “hucha”
de ahorrar y me escribo una nota a mi misma, que introduzco en la “hucha” de
gastar. Una nota del estilo de <<Me debo 50 €>>.
Por
supuesto, económicamente esto es un estrepitoso fracaso. Nunca me devuelvo el
dinero, supongo que no me impongo tanto a mí misma como para hacerlo. Soy morosa de mi
misma y, aunque no soy para nada agarrada, me escribo notas así para alborotar
mi conciencia. Un poco ridículo, ¿Verdad? Pues hace años funcionaba.
Y es que
cuando aún era una niña, mi abuela, que vivía conmigo y era muy creyente, me llenaba
la habitación de vírgenes: Estampitas, estatuillas, figurines…
Yo iba a un colegio de curas, pero por si no
fuera suficiente, ella se encargaba de inculcarme todos sus valores religiosos
como podía.
Por entonces yo era joven e inocente, pero ya recibía propinas. Y es que desde pequeña una tiene sus gastos y necesita dinero, bien sea
para chuches o para cromos. Así que por entonces, que ya tenía dos huchas,
nombré a la de ahorrar “hucha de la virgen María”. Y cuando sacaba dinero
injustificado de ahí escribía “María, te debo 100 pesetas”.
Os
aseguro que no había huevos a no devolvérselas.
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